
| Michel, prestigioso cirujano plástico parisiense, desesperado por su impotencia sexual y hastío vital, decide tirarse por la ventana, pero en el último momento le sorprende la visión de un ciclista peregrino, que luce en su montura el letrero París-Tombuctú. Le compra la bicicleta, y cambia la muerte por una huida sin esperanzas, aunque con la ventaja inmediata de dejar atrás familia, amigos, convenciones sociales y liposucciones apresuradas. Nuestro viajero se pega un batacazo a la altura de Calabuch. Unas almas sensibles le trasladan al pueblo para su cura. Y ahí comienza un segundo viacrucis para Michel, festivo en este caso, pero no menos frustrante, al confirmar su libido incapaz de responder a los avances de la extrovertida y sensual Trini, su fantasía corta para entender las perversiones del solitario Gaby, su agnosticismo sin argumentos para responder a los arrebatos místicos de la visionaria Encarna o del párroco convicto de asesinato. Su impecable cultura europea, en suma, se revela inoperante ante la explosión de vitalidad mediterránea de un pueblo como Calabuch, más caótico aún, con el paso del tiempo, de lo que era en los años cincuenta. |