
Hay una perceptible atmósfera de melancolía y cierto aire fantasmal en ese bar de Pompeya donde se preservan valores tan caros al porteño como el fervor tanguero y el culto de la amistad. Y hay también un inclaudicable sentimiento de fidelidad a las tradiciones, que lleva a resistir las modificaciones impuestas por el tiempo y a defenderse de las distorsiones que en los años más recientes ha traído consigo el turismo -interno y externo- consumidor ávido de expresiones "típicas". El film con el que Daniel Burak intenta rescatar esa atmósfera y ese sentimiento ofrece un documento emocionado sobre el casi legendario reducto y sus personajes emblemáticos y, al mismo tiempo, una trama de ficción en la que se mezclan la historia de un amor fugaz y la laboriosa y compleja empresa que supuso la realización de la película en tiempos de crisis e inestabilidad económica.

